El fin de la electrónica barata
La era de la electrónica barata termina. No porque la tecnología se frene, sino porque el silicio que la abarataba ahora se destina a alimentar centros de datos de IA.
Esta semana saltaba la noticia de que Apple y Xbox subían sus precios casi a la vez. Apple lo hizo con su gama de portátiles y tabletas: el MacBook Neo de entrada subió entre 100 y 150 dólares de golpe, mientras que el MacBook Pro y el iPad Pro incrementaron su precio entre 200 y 300 dólares.
Microsoft, por su parte, encadenó su tercera subida consecutiva en las consolas Xbox Series X y S, encareciéndolas entre 100 y 150 dólares en pleno ecuador de su ciclo de vida. Dos compañías que compiten en mercados que apenas se rozan suben los precios en la misma semana y por el mismo motivo.
Y ese motivo apunta al final de la era de la electrónica barata. A lo largo de 2025 y 2026, el mercado global de la memoria ha sufrido un ajuste de precios histórico que analistas e industria han bautizado como “RAMmageddon”.
Términos grandilocuentes aparte, el problema es que esta vez puede que no estemos ante uno de los clásicos ciclos de escasez y exceso temporal que han caracterizado al sector, sino ante un cambio permanente: la capacidad de producción global de silicio se ha desviado casi por completo de la memoria orientada al consumidor hacia chips de altísimo margen diseñados para la infraestructura de inteligencia artificial.
La voracidad de la IA y el cuello de botella de la memoria HBM
La inteligencia artificial devora potencia de cálculo. La proveen, sobre todo, los llamados hyperscalers (los gigantes de la nube: Google, Amazon, Microsoft u Oracle, entre otros), lanzados a una carrera de inversión en infraestructura como no se recordaba en tiempos modernos.
Esta infraestructura depende de un tipo especial, la Memoria de Alto Ancho de Banda (HBM), que logra su velocidad apilando varias capas de chips una encima de otra. ¿El problema? Fabricar un gigabyte de HBM consume entre tres y cuatro veces más silicio en bruto que un gigabyte de RAM normal de un ordenador.
Y fabricar HBM genera márgenes entre tres y cinco veces superiores a la RAM de consumo, un incentivo difícil de ignorar. Así, el oligopolio de tres empresas que controla la memoria (Samsung, SK Hynix y Micron) ha hecho lo que haría cualquiera: ha seguido el dinero. Ha volcado su producción en la IA y ha dejado a la electrónica de consumo peleando por las sobras.
Se espera que los centros de datos acaparen cerca del 70% de los chips de memoria producidos en 2026. Mientras tanto, el suministro de RAM que alimentaba la fabricación de portátiles, móviles y consolas se ha evaporado.
La ola expansiva sobre los precios minoristas
La escasez ha desbaratado la estructura de costes de la electrónica de consumo. Los componentes de memoria y almacenamiento, que antes representaban entre el 10% y el 15% del coste de los materiales de un dispositivo, ahora suponen entre el 35% y el 45% del total. Según TrendForce, solo en el primer trimestre de 2026 los precios de la DRAM para PC se dispararon más de un 100%. Y al trimestre siguiente sumaron otro 60%. Es la primera subida sostenida en el precio de los ordenadores personales en unos cuarenta años.
Eso es justo lo que hay detrás de las subidas de Apple con las que abríamos. Si la memoria representa casi la mitad del coste de los materiales, vender un equipo de entrada a un precio asequible deja de salir a cuenta. Así, productos como el MacBook Neo pierden la propuesta de valor económica que los definía.
El caso de Xbox dice todavía más, porque Microsoft fue, además, víctima de sus propias decisiones de diseño: el tipo de memoria que eligió para sus consolas se ha encarecido especialmente, lo que la obligó a encadenar tres subidas consecutivas. El golpe se carga el modelo clásico de vender consolas a pérdidas para luego recuperar el dinero con suscripciones o software. Y es que si el hardware ya no se puede subvencionar, el negocio entero deja de cuadrar. Sony y Nintendo siguen dinámicas casi calcadas y admiten que su volumen de producción dependerá de cuánta memoria puedan conseguir a precios razonables.
¿Crisis puntual o cambio permanente?
No todas las subidas de costes acaban igual. Cuando el impacto es temporal o logístico, como la escasez de pantallas en 2004 o la burbuja de las tarjetas gráficas durante el COVID-19 entre 2020 y 2022, la oferta termina por inundar el mercado, los especuladores quiebran y el precio de los equipos vuelve a niveles normales. Sin embargo, y para nuestra desgracia, lo de 2026 se parece más a las crisis que cambian para siempre las reglas del mercado.
Por ejemplo, las inundaciones de Tailandia en 2011 mermaron el 30% de la capacidad mundial de producción de discos duros. El precio de los HDD en las tiendas se disparó hasta un 150%, pero más allá del choque inicial, el mercado se estabilizó un 20% más arriba, redujo las garantías para el consumidor y aceleró la transición final hacia los discos de estado sólido (SSD).
Otro caso clave fue la crisis del petróleo de 1973 y 1979, un shock de escasez energética que, en poco tiempo en EE.UU., hundió el dominio de los grandes coches americanos devoradores de gasolina y empujó una migración irreversible hacia los compactos japoneses. La inflación de la era de la IA repite ese patrón: la capacidad industrial ha encontrado una aplicación más rentable para su producción, lo que podría impedir que los precios cayeran como cabría esperar ante un shock cíclico.
¿Por qué tu próximo portátil rendirá menos por el mismo dinero?
Esta reestructuración está borrando del mapa las categorías de entrada. Según la consultora Gartner, los portátiles de menos de 500 dólares quedarán “aniquilados” comercialmente para 2028, al no tener margen para absorber el encarecimiento de la RAM.
Para disimular el impacto, muchos fabricantes han empezado a aplicar una reducción silenciosa de calidad (shrinkflation): en lugar de seguir elevando el precio oficial de sus terminales base, marcas como Lenovo o Dell limitan sus configuraciones, vendiendo equipos con niveles de memoria visiblemente insuficientes para los estándares actuales, lo que fuerza un encarecimiento “oculto” a través del empeoramiento de las especificaciones.
Frente a este panorama, Apple es el gran caso de resistencia. Aunque sus ventas de hardware se resientan y sus usuarios posterguen el reemplazo del iPhone, priorizando baterías o reparaciones frente a compras nuevas, la compañía amortiguará la caída gracias a su ecosistema de servicios. Con más de 2.500 millones de dispositivos activos y un margen bruto del 75,4% en servicios e iCloud (frente al 36,8% del hardware), Apple consigue desmarcar sus beneficios del volumen de teléfonos vendidos cada trimestre.
En el extremo opuesto están los que no tienen ese colchón: quien viva solo del hardware barato y no tenga servicios que amortigüen el golpe, enfrentará pérdidas enormes.
Qué harán los consumidores (y por qué debería preocupar a los fabricantes)
La historia ofrece a las marcas una pista bastante fiable sobre lo que viene. Cada vez que un bien se encarece de golpe, los consumidores reaccionamos con la misma jugada: dejamos de comprarlo con tanta frecuencia. El coche es un buen ejemplo.
Durante el COVID, muchos fabricantes aprovecharon la excusa de las roturas de las cadenas de suministro para subir los precios de sus vehículos. ¿Qué hicimos los españoles? Alargar la vida útil de nuestros coches. Así, la edad media del parque de turismos no ha parado de subir hasta marcar un récord de 14,6 años, uno de los más altos de la Unión Europea, con casi dos de cada tres coches por encima de la década.
Con la electrónica el patrón tampoco es nuevo. Si en 2013 cambiábamos de móvil cada dos años, hoy el ciclo de reemplazo medio se acerca a los tres y medio, empujado por baterías que aguantan más, software con soporte más largo y precios que ya no invitan a renovar por capricho. El “RAMmageddon” no hará más que acelerar esa inercia, y conviene que los fabricantes hagan números, porque el efecto sobre sus cuentas es mayor de lo que parece. Una base de clientes que renueva cada cinco años en lugar de cada cuatro reduce las ventas anuales de unidades en torno al 20%.
La lección que dejó la escasez de chips post-COVID, sin embargo, es que vender menos unidades no equivale a ganar menos. Muchos fabricantes de coches descubrieron que subir el precio medio y concentrarse en gamas altas compensaba sobradamente la caída de volumen. En electrónica, el guión será parecido: el ganador no será quien venda más aparatos, sino quien sepa extraer más valor de cada cliente a lo largo de una vida útil más larga, ya sea con configuraciones premium, con servicios recurrentes o con un mercado de reacondicionados que fidelice sin canibalizar margen. Quien siga aferrado a maximizar unidades baratas será quien más sufra.
Conclusión
Todo apunta a que la electrónica barata no volverá fácilmente. No porque la tecnología haya dejado de avanzar, sino porque el silicio que la abarataba ahora vale mucho más alimentando centros de datos. El hardware nuevo pasará a ser un lujo, y la mayoría aprenderemos a vivir con equipos que duran, se reparan y se heredan más. No es el fin del mundo, pero sí podría ser el final de una época que dábamos por garantizada. Y digo “podría” a propósito.
Porque todo este artículo parte de una apuesta: que la subida de la memoria es estructural y no un ciclo más. Pero el mercado de la RAM lleva décadas comportándose como un péndulo, y nada garantiza que esta vez sea distinto. Si la demanda de IA se enfría, ya sea porque la burbuja de inversión en centros de datos se desinfla, porque los modelos aprenden a hacer más con menos memoria, o simplemente porque los hyperscalers dejan de comprar al ritmo actual, ese 70% de la producción destinado a HBM tendría que buscar otra salida. Y los tres fabricantes que hoy priorizan la IA, Samsung, SK Hynix y Micron, no tardarían en redirigir capacidad hacia el consumo, sobre todo si las nuevas fábricas que están construyendo entran en producción justo cuando el apetito por la IA se modere. El sector ha vivido ese guión otras veces: la euforia dispara los precios, la capacidad se sobreajusta y el péndulo vuelve, a veces con sobreoferta.
Si eso ocurriera, la electrónica barata podría regresar antes de lo que sugiere este relato, y los precios de hoy se recordarían como el pico de una crisis pasajera, no como el suelo de una nueva normalidad. No lo descarto. Pero apostaría a lo contrario, y por una razón sencilla: aunque los precios bajen, difícilmente volverán al punto de partida. La crisis de los discos duros de 2011 también se resolvió y, aun así, el mercado se estabilizó un 20% por encima. El péndulo puede volver, pero rara vez vuelve al mismo sitio.

